Seguramente has escuchado una de las reglas de oro de las fiestas: “no saques la cerveza del refrigerador porque si cambia su temperatura, se “quema” la cerveza”. Sin embargo, la cerveza no se “quema” por los cambios de temperatura.
Este es un mito muy común, y aquí te explicamos qué es lo que realmente le sucede a tu bebida.
¿Se “quema” la cerveza o es puro choro?
Seguro te ha pasado que por estar en la platica dejas tu chela bien fría olvidada y al cabo de cierto tiempo se calienta, lo primero que se te viene a la mente es meterla al refrigerador para volverla a enfriar, pero, si lo haces “se te va a quemar”, a amargar.
El verdadero culpable: La luz del sol
En realidad, lo que origina ese desagradable sabor “quemado”, el cual se percibe como un amargo intenso, es la luz del sol. Dejar tu cerveza expuesta a los rayos solares es lo que verdaderamente arruina su perfil de sabor, no el hecho de que pase del frío al calor ambiental y viceversa.
Resulta que la cerveza se quema por la exposición a la luz, es decir, cuando entra en contacto directo con los rayos del sol, es por eso que cuando le volvemos a dar un trago la botella o lata notas que la bebida adquirió un sabor rancio, obviamente muy desagradable.
Y es que cuando la luz le da directo a la cerveza, la espuma de ésta se degrada y se convierte en moléculas de sulfuro, lo que le hace perder su frescura.
Esto sucede con cualquier tipo de cerveza, artesanal o comercial.
¿Cómo evitar que tu cerveza se arruine?
La industria cervecera conoce perfectamente este proceso químico. Por eso, para evitar que la luz afecte el líquido, la mayoría de las cervezas se venden en botellas de vidrio oscuro (como el color ámbar o café).
No obstante, si quieres asegurarte de conservar tu cerveza en perfecto estado y protegerla totalmente de los rayos del sol, lo más efectivo son las latas, ya que estas bloquean el paso de la luz al 100%. Así que recuerda: ¡de los rayos del sol la debes de cuidar!.